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         El opio, una droga inteligente
 


Artículo originalmente publicado en la revista Cannabis Magazine


 

Cuando hablamos de drogas inteligentes, casi todos pensamos en novedosos fármacos que ejercen una complicada acción sobre nuestro cerebro con el objetivo de mejorar el rendimiento. Sin embargo, no siempre es así, e igual que muchos productos naturales pueden ser considerados drogas inteligentes, lo mismo sucede con algunas sustancias psicoactivas clásicas. Si damos un repaso a las que se utilizaban antes de la era farmacológica que da comienzo a finales del siglo XIX vemos que el jugo de la adormidera era la droga intelectual por antonomasia, la que se tomaba cuando se deseaba lucidez y claridad mental junto con calma y estabilidad emocional. Escohotado incluye al opio entre las drogas de paz, pero al contrario que el alcohol o los tranquilizantes éste no hace perder el buen sentido, sino que mantiene y potencia las facultades cognitivas del consumidor, que logra tomar distancia con respecto a los problemas internos y externos. El opio fue durante siglos la droga euforizante de Europa; y ello no porque proporcionase estimulación tal como la entendemos en nuestro tiempo, sino porque duerme la parte instintiva del hombre y deja libre el intelecto, además de la analgesia y tranquilidad que proporciona al organismo. Por este motivo podemos afirmar que es la sustancia de la era pre-farmacológica más profusamente utilizada como droga inteligente.

 

 

Propiedades

En cuanto a sus propiedades terapéuticas, ha sido uno de los medicamentos más importantes de la historia, empleado para combatir numerosas dolencias desde las primeras civilizaciones. Se obtiene de la adormidera (Papaver somniferum) mediante incisiones en las cabezas, unos días después de perder los pétalos. El látex se seca y se convierte en una resina de color marrón que se separa mediante raspado. Algunos de los más destacados productores (legales o ilegales) son Afganistán, India, Tailandia, Laos, China y Japón. En España se cultiva para la industria farmacéutica y, además de los ocasionales campos de opio silvestre, de vez en cuando algún drogófilo descubre una plantación “legal” e intenta aprovechar la coyuntura.

En cuanto a su modo de uso, se puede fumar, ingerir de varias formas (las bolitas sin mayor preparación, hervido en infusión, en la clásica preparación de láudano...), o administrar por vía rectal. Dice Font Quer1 que el Papaver somniferum contiene unas dos docenas de alcaloides disueltos en el látex, de los cuales el más importante es la morfina, que aparece en una proporción que va del 3 al 20%. Otros alcaloides son la codeína (0.3%), la papaverina (1%) y la narcotina (6%). Añade que algunas de sus principales aplicaciones terapéuticas son acabar con el dolor, mitigar la tos, refrenar los flujos estomacales y producir sueño. Hablando de medicina, hasta hace unos años existía un popular medicamento contra la diarrea a base de opio y otros fármacos, en forma de bonitos comprimidos oscuros con un rico aroma (ahora contiene loperamida, el opiáceo habitual en los productos antidiarreicos que no ofrece nada al drogonauta). Todavía existe un producto en farmacias que contiene extracto de opio —aún aparece en las bases de datos que consulto; no sé si lo habrán retirado a última hora—, aunque en combinación con belladona. Muchos jarabes para la tos contienen opiáceos (normalmente dextrometorfano), y la misma codeína, alcaloide del opio, se comercializa con esta indicación. Algunos drogófilos se pegan viajes con estos medicamentos, pero más que viajes se trata de un colocones con aplatanamiento generalizado y embotamiento mental, en mi modesta opinión. Como suele decirse, tengan cuidado con la dosis, no sea que se encuentren con lo que no andaban buscando.

 

Historia

Hagamos un rápido recorrido por la historia de esta planta, amiga y compañera incluso amante del ser humano durante milenios. Hay documentos que hablan de su utilización en Oriente Medio alrededor del año -2000, gracias a los cuales nos consta que las primeras civilizaciones ya conocían sus propiedades nutritivas, calmantes y sedantes, así como el método clásico para obtenerlo: practicar incisiones oblicuas en la cápsula de la planta a fin de recoger el látex. Por ejemplo, en los cilindros babilónicos más antiguos se encuentran representaciones de cabezas de adormidera. La medicina egipcia, muy avanzada para su época, lo utilizaba ampliamente y se recomendaba como analgésico y calmante, tanto en pomadas como por vía oral y rectal.

Pasando a nuestros antepasados culturales más cercanos, y de los que tenemos más testimonios, en Grecia el opio era un medicamento de uso común ya que el Mediterráneo y su entorno ofrecen un clima propicio para su crecimiento silvestre y su cultivo. Griegos y romanos lo utilizaron generosamente, llegando a ser un producto controlado por el estado para evitar especulaciones, fluctuaciones en el precio y problemas de abastecimiento. Como señala Escohotado, en ningún escrito antiguo se habla de adicción ni de adictos al opio, lo cual dice mucho de su integración en la sociedad y en las buenas costumbres, y posiblemente también sobre la ausencia de abuso cuando una droga no sufre de prohibiciones: Los únicos adictos conocidos de la época son los alcohólicos, mientras que el hábito de comer opio se equipara al de ingerir otros alimentos, hacer ejercicios corporales determinados o acostarse y levantarse a alguna hora específica2.

 

Había médicos griegos especialistas en crear tríacas o antídotos generalizados contra el envenenamiento que, además de sustancias tóxicas en cantidades minúsculas —anticipando el principio de las vacunas y la homeopatía—, contenían opio y otros productos. En su libro De materia médica, el tratado farmacológico más importante de la Antigüedad, Dioscórides (siglo I) describe el opio como una sustancia que elimina el dolor, permite dormir, calma la tos y reduce los flujos estomacales3, tal como ya hemos indicado en el comentario a la obra de Font Quer, versión moderna del Dioscórides. Los romanos lo utilizaron ampliamente, y los patricios y emperadores lo tomaban a diario. En muchos casos, cuando sentían que su ciclo vital había llegado a su fin, aumentaban la dosis y lo empleaban como eutanásico. Vivir con tranquilidad gracias al opio y morir apaciblemente también gracias a él: no hay duda del amor de la cultura grecorromana hacia esta planta, hasta el extremo de que llegaron a acuñar monedas con su imagen.

La llegada del cristianismo y la Edad Media implicó el rechazo de las drogas paganas y el acatamiento del alcohol como psicoactivo oficial (monodrogofilia impuesta por el monoteísmo, sinónimo de pensamiento único y aplastamiento de la diversidad). La religión cristiana condenó las drogas consideradas malditas por su relación con la cultura grecorromana. En cambio, la cultura árabe —islamizada a partir del siglo VII— utiliza sin problemas el opio, que es bien conocido por sus médicos. Los árabes son los verdaderos herederos de la cultura grecorromana, no sólo por el empleo de los fármacos, sino por el desarrollo de su medicina, de su botánica y tantas otras cosas más, en contraste con una civilización cristiana mucho más atrasada. En la Península Ibérica tuvimos una de las culturas árabes más avanzadas y florecientes, el califato (previamente emirato) de Córdoba; pero la conquista de los bárbaros cristianos del norte acabó con los siglos dorados en que pudieron vivir en paz los practicantes de tres religiones mahometanos, cristianos y judíos, además de los numerosos ateos, agnósticos, paganos, panteístas y bichos de otras especies y sectas que siempre han pululado por ahí.

 

El Renacimiento va a suponer un rechazo al espíritu medieval, lo cual —junto con el redescubrimiento de la cultura clásica y sus libros— permite volver a drogas relegadas. El médico y alquimista Paracelso (1493 – 1541) comienza a preparar el láudano a base de opio, vino y especias. El opio es a partir de ahora utilizado por las clases acomodadas y por los intelectuales en busca de inspiración, tendencia que va en aumento hasta llegar al siglo XIX, cuando el Romanticismo lo pone de moda. Algunos escritores y pensadores lo emplean no sólo con propósitos terapéuticos, sino para fines más lúdicos y de autoconocimiento. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, con la popularización de los derivados opiáceos ―morfina y heroína― y de otras sustancias psicoactivas como la cocaína, empieza a decaer.

Incluso los más críticos reconocen que los opiáceos figuran entre los medicamentos más importantes de la historia, indicado en múltiples enfermedades e insuperable como analgésico. De hecho, se utilizaba como remedio contra cualquier tipo de dolor, incluso en los niños; para la ansiedad e insomnio; para la diarrea; contra la tos. Sin embargo, los drogabusólogos afirman que el problema comienza cuando se emplea con fines hedonísticos, moda difundida por los escritores románticos. Por ejemplo, Fernand Moreau dice que, a dosis convenientes, el opio calma el dolor y causa el sueño, pero que ha dado lugar a usos extramedicinales de carácter pernicioso: “La pipa expide opio al fumador en dosis que lo convierte en un tóxico peligroso. Es un veneno euforizante. Causa una embriaguez que recuerda la del alcohol. Una fase de excitación en el curso de la cual se observa una aceleración de los latidos del corazón, una hiperactividad cerebral y una gran locuacidad, conduce al sujeto a un estado de euforia que es precisamente lo que busca (...) La repetición de estos trastornos conduce al opiómano a la decrepitud física, a la decadencia intelectual y a la muerte (...) La opiomanía y la morfinomanía son, como el opio, plagas sociales; resultan perjudiciales para el individuo al que causan su degeneración; son nefastas para la familia, a la que hunden en la miseria; imponen a la sociedad el peso de las taras que ocasionan. Sabemos cómo eliminarlas y lo serán cuando queramos”4.

 

Grandes opiómanos de la historia

Muchos personajes célebres, intelectuales y artistas utilizaron el opio para inspirarse, o bien para soportar las penalidades de la vida cotidiana y así poder crear a gusto. Existen testimonios de que lo consumían: el cardenal Richelieu, Benjamin Franklin, Coleridge, el general San Martín, Walter Scott, Charles Dickens, Richard Wagner, Allan Poe, Mary Shelley, Baudelaire, Conan Doyle, Lewis Carroll, Pablo Picasso. Incluso el ultraconservador Joseph McCarthy, el senador norteamericano inspirador de la caza de brujas a comienzos de los años cincuenta, martillo de herejes y comunistas, tomaba opio. Dicho sea de paso, falleció cuando contaba cuarenta y ocho años por cirrosis y hepatitis causadas por abuso del alcohol5.

 

Vamos a detenernos un poco en los más destacados. Por ejemplo, Héctor Berlioz (1803 – 1869) era consumidor habitual y compuso su Sinfonía Fantástica con la intención de describir musicalmente el estado de embriaguez producido por la droga. Se inspiró en la primera parte del famoso libro de Thomas De Quincey (1785 – 1859), dedicada a sus bondades (el último capítulo, donde hablaba los problemas derivados del abuso y en la dificultad de abandonar el consumo, fue publicado años después). Otro ejemplo es Jean Cocteau, escritor, pintor y cineasta, que en Opio: Diario de una desintoxicación describió lo difícil que resulta dejar de consumirlo. No obstante, por mucho que busquemos, en ninguno tuvo el opio tanta relevancia como en De Quincey. Nació en Manchester, Inglaterra, en una familia de clase media. Fue brillante en sus estudios, hasta el extremo de que podía hablar en griego clásico perfectamente, como el mejor orador de la época de Platón. Trabajó para algunos de los mejores periódicos de su tiempo y conoció a los más brillantes intelectuales, en los que influyó a raíz de sus Confesiones de un inglés comedor de opio6. Escribió muchos libros, pero publicó poco y sufrió constantes problemas económicos. Comenzó a tomar opio por puro placer, afición que nunca le causó ningún problema. Fueron unos fuertes dolores de estómago, a causa del hambre que pasó de joven, los que le llevaron a consumirlo a diario. Cuando llegó al punto de no distinguir el sueño de la vigilia y a pasar los días sumergido en una especie de niebla, se vio obligado a comenzar la dramática desintoxicación que narra en la última parte de su obra. A pesar de ello, siempre reconoció que los mejores momentos de consumo de esta droga ―cuando constituía una afición placentera― fueron maravillosos anímica e intelectualmente.

La obra del opiófago inglés debió de ser motivo de escándalo en su día, porque, como él mismo decía, no hay "nada en verdad más repugnante a los sentimientos ingleses que el espectáculo de un ser humano que impone a nuestra atención sus úlceras o llagas morales", y más si es un intelectual respetado quien las cuenta, añadimos nosotros. Por eso mismo creía útil la publicación de esta obra, para romper ciertos tabúes. En ella narra su niñez, su excelencia intelectual, cómo pronto supera a sus profesores y las penurias que sufre en su juventud. A raíz de unos dolores reumáticos compra opio por recomendación de un amigo. Cuando lo toma, desaparecen sus males y siente un deleite divino, el placer de los filósofos: "la panacea de todos los males humanos", la felicidad que puede comprarse por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco. Sobre sus propiedades, De Quincey afirma que "ninguna cantidad de opio embriagó ni puede embriagar nunca a nadie", y que el gozo, cuando llega, se mantiene de ocho a diez horas. Comparado con el vino, mientras que éste desordena las facultades mentales, el opio, por el contrario, introduce en ellas el orden, legislación y armonía más exquisitos: “El vino roba al hombre el dominio de sí mismo; el opio, en gran medida, lo fortalece (...) imparte serenidad y armonía a todas las facultades (...) el vino suele llevar al borde del desvarío y la extravagancia (...) mientras que el opio parece siempre sosegar lo que estaba agitado y concentrar lo discorde (...) el comedor de opio es demasiado feliz para notar el paso del tiempo”. En cuanto a la resaca, afirma: “durante los diez años que tomé opio espaciadamente, disfruté siempre de un bienestar excepcional al día siguiente de permitirme este placer".

Tras cierto tiempo consumiéndolo se encontraba bien, en contra de la opinión común de los médicos. El problema comenzó más tarde, cuando tuvo que tomarlo todos los días debido a los dolores de estómago que hemos mencionado. De Quincey reconocía ser demasiado eudemonista e incapaz de soportar el dolor que implica abandonar el hábito; pero llegó un momento en que se sentía impotente para todo, deseaba hacer cosas sin poder con ninguna, vivía la vida como un sueño continuo, y tenía el sentido del espacio y del tiempo gravemente afectados. Es en esa situación cuando comenzaron sus intentos de librarse de la dependencia, con terribles crisis de abstinencia. Poco a poco, siguiendo un plan riguroso, consiguió dejar de ser adicto, feliz conclusión que prueba que después de usar opio durante diecisiete años y abusar de él durante ocho, todavía es posible renunciar a él.

 

 

 

Referencias:

1. Font Quer, Pío: Plantas medicinales. El Dioscórides renovado. Editorial Labor.

2. Escohotado, Antonio: Historia General de las Drogas. Espasa-Calpe

3. Dioscórides, Pedanio: Plantas y remedios medicinales. Traducción española del médico, botánico y farmacólogo Andrés Laguna (1499 – 1559). Editorial Gredos.
Los bibliófilos no se pueden perder esta web con imágenes de la obra original, conservada en la Biblioteca Nacional de Nápoles: http://www.bnnonline.it/biblvir/dioscoride/index.htm

4. Moreau, Fernand: Alcaloides y plantas alcaloideas. Oikos-Tau Ediciones

5. Fuente para opiómanos famosos: Erowid.org (http://www.erowid.org/culture/characters/characters_drug_use.shtml)

6. De Quincey, Thomas: Confessions of an English Opium Eater. Traducción española: Confesiones de un comedor de opio. Alianza Editorial.

 

 

 

 
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